Qué se requiere del ejercicio de liderazgo en tiempos de complejidad: Algunas reflexiones.

Por Lud Márquez

Las organizaciones están viviendo una época de cambios acelerados, inducidos por eventos de diferentes características. Estos eventos son el resultado de innovaciones tecnológicas (robotización y transformación digital), aparición de sucesos inesperados (COVID 19 y estallido social-Chile) y cambios súbitos en las regulaciones y políticas del Estado (Ley que permite el retiro del 10% de las cotizaciones y ley de inclusión laboral), entre otros.

Las organizaciones están enfrentando estos eventos con cambios en sus modelos de negocios. Estos cambios muchas veces conllevan adoptar modelos operativos y comerciales nuevos, adoptar nuevas tecnologías y metodologías de trabajo, y producir nuevos productos o servicios. Los cambios en las prácticas de negocio crean la necesidad de gestionar, a su vez, el cambio en las personas afectadas y propiciar el desarrollo de mentalidades que puedan adoptar los nuevos hábitos producto de las nuevas iniciativas del negocio.

En muchos casos, escuchamos a los gerentes sobre pasados por esta multiplicidad de demandas y por la dificultad de tomar decisiones en estos escenarios, novedosos y mucho más inciertos. Muchos de estos gerentes se encuentran abrumados, estresados, con dificultad de adaptarse a lo nuevo, co-construyendo poco en equipo, con reacciones emocionales inesperadas, que pueden expresarse en una mayor propensión a controlar de manera excesiva o lucir distantes y protegidos, con poca conexión con los otros, y con muy poco espacio para el desarrollo de sus capacidades de liderazgo.

 


Para identificar las oportunidades y amenazas en estos ambientes complejos es importante que las personas construyan una relación más confortable y creativa con la incertidumbre, que les permita salir del modo atacar/huir que adoptamos cuando sentimos que estamos en una situación de riesgo. De esta manera, se pueden encontrar respuestas más creativas a problemas más complejos

 


 

Desarrollar esta agilidad interna no es fácil. En su esencia, esta va en contra de nuestra naturaleza que busca simplificar los problemas, utilizando una mentalidad de experto en el análisis, y adoptando prácticas estandarizadas. Para poder abordar la complejidad externa necesitamos volvernos más complejos internamente. Esto implica desarrollar una mentalidad que pueda convivir con la complejidad y, al mismo tiempo, construir capacidades de liderazgo que ayuden a tomar decisiones en la ambigüedad, y a propiciar una gestión emocional personal adecuada.

La forma tradicional de ver el desarrollo humano supone que la niñez pasa por diferentes etapas en que las personas “crecen”. Existe una muy difundida idea, equivocada por lo demás, sobre la trayectoria del desarrollo mental durante nuestro ciclo de vida. Esta idea tradicional argumenta que el desarrollo mental es parecido a la imagen del desarrollo físico, que aseveraba que el crecimiento finalizaba alrededor de los veinte años. Sin embargo, los recientes descubrimientos de la neurociencia sobre la plasticidad neural, y las increíbles capacidades del cerebro para adaptarse continuamente durante nuestro ciclo vital, han permitido la germinación de teorías del desarrollo individual que proponen la existencia de procesos de maduración en la adultez, que evolucionan hacia mentalidades cualitativamente diferentes y que representan diferentes maneras de interpretar el mundo.

La complejidad mental, y su evolución, no consisten en cuán inteligente seas, en el sentido coloquial de la palabra. Tampoco consiste en desarrollar explicaciones cada vez más abstractas o complicadas del mundo. Lo que sí supone es que, en la medida en que somos más complejos, podemos manejar mejor situaciones ambiguas, integrar perspectivas diferentes y desarrollar una mirada más sistémica de los problemas y situaciones.

La complejidad mental nos ayuda entender, por ejemplo, las diferentes reacciones que las personas pueden tener ante una retroalimentación negativa. Estas reacciones varían desde la negación y victimización, hasta el entendimiento de que el otro ve algo que es una realidad para él, donde mi identidad -lo que yo soy- no está interpelada. En la medida en que mi complejidad mental sea mayor, voy a aceptar al feedback negativo como algo normal, que es parte de mi naturaleza imperfecta y humana.

Por lo tanto, si queremos construir espacios organizacionales abiertos al aprendizaje, que permitan la innovación y nuevas miradas de los problemas y del desarrollo de las personas, la complejidad de nuestras mentes debe aumentar para lograr aproximaciones a los desafíos que están más alineados con incertidumbre, volatilidad y ambigüedad.

Por otra parte, las competencias tradicionales de liderazgo, tales como manejo de conversaciones difíciles, comunicación efectiva, manejo del conflicto, capacidad de influencia y gestión efectiva del cambio, son necesarias pero no suficientes para manejar la complejidad. Se requiere el desarrollo de aquellas capacidades que permiten aprender a vivir cómodos en la incertidumbre y con la agilidad emocional requerida.

La agilidad emocional es la capacidad de soltar, calmarse y vivir con mayor conciencia. Esta implica desarrollar la habilidad de poder elegir cómo vamos a reaccionar a las alertas de nuestro sistema emocional (David, 2016). El poder desarrollar la capacidad de hacer pausas y poder realizar análisis más sistémicos de las situaciones, requiere de prácticas como mindfulness y del desarrollo de hábitos de autocuidado personal. Es importante que el líder desarrolle hábitos de auto cuidado: ejercicios, descanso, cultivo de relaciones y conexión con emociones positivas, que le permitan navegar y protegerse de manera tal que su actuación y sus decisiones se hagan con presencia y conciencia plena.

En tiempos de complejidad y mucho estrés nuestra sensación de ser aptos para lo que enfrentamos está siendo desafíada continuamente. Podemos escoger dos caminos: apelar a nuestro viejos hábitos y conductas aprendidas para un ambiente estable, simple, claro y certero, o aceptar la complejidad y usarla para aprender y crecer. Los líderes efectivos necesitan desarrollar una nueva relación con su contexto, creciendo desde adentro, desarrollando la complejidad mental que le permita adoptar los hábitos, e incorporar las capacidades, para navegar y no morir en el intento cuando se vean enfrentados a la habitual turbulencia de nuestros tiempos.